sábado, 10 de noviembre de 2012

noticia sobre mujeres quemadas con acido en colombia

Explican qué tienen en la mente los agresores: dejarlas marcadas como si fueran su propiedad.

-Voy a joderte -le dijo Dagoberto Rodríguez a su exnovia.
Erika Vanegas, de 16 años, pensó que eran palabras de rabia nada más. Le había dicho que no quería seguir la relación, sino concentrarse en sus estudios. Días después, mientras charlaba con unas amigas junto a su casa, un niño se le acercó y le arrojó sobre su rostro ácido nítrico que llevaba en un vaso azul. Le quemó la cara, el cuello, el brazo izquierdo y el oído derecho.
Este ha sido uno de los dos casos de ataque con ácido en que ha habido juicio y condena. Los investigadores ubicaron al exnovio de Erika y lograron concluir que, en efecto, le había pagado 3.000 pesos al niño, de 9 años, para que lanzara el ácido, convenciéndolo además de que lo que iba a arrojar era solo agua. Dagoberto Rodríguez fue condenado a 12 años de prisión. Erika quedó con lesiones de por vida. (Lea aquí:¿Y a las mujeres quemadas con ácido quién les responde?. La historia de María Cuervo Sánchez)
Eso es precisamente lo que pretenden los agresores con este tipo de ataque: marcar. Para siempre. Por eso apuntan a la cara, que es la parte más visible de la persona y la que le permite interactuar socialmente. La cara es la puerta a través de la cual la persona se muestra al mundo, se presenta, enamora, habla, trabaja, vive. Eso es lo que buscan destruir. "Ahí la dejo marcada para que, hasta el momento de su muerte, se acuerde de mí", es la forma de pensar de estos victimarios, de acuerdo con especialistas.
Es un tipo de violencia, explican los expertos, que viene de una relación equivocada de jerarquías marcadas con frases como: "Si usted, objeto que me pertenece, piensa dejarme, yo la mutilo para que no sea de nadie más". Son actos calculados, premeditados, rumiados -conseguir el ácido, comprarlo, buscar quién se lo arroje, pagarle-, lo que lleva a concluir que no se trata necesariamente de personas enfermas. "Definirlas como enfermas es quitarles su responsabilidad, y estos agresores están conscientes de lo que planean y tienen la voluntad clara de hacerlo", afirma Eliane Barreto, médica experta en violencia familiar. Más que una enfermedad, cargan con pensamientos obsesivos de propiedad y con conceptos errados de "honores" heridos.
"Ahora sí te tienes que quedar conmigo, porque nadie te volteará a mirar", le dijo su expareja a Viviana Hernández, 28 años, cuando estaba en el hospital tratando de recuperarse del ataque. A otras las llaman para decirles: "¿Viste lo bonita que te dejé?". (Lea aquí: Todos los días se pregunta por qué. La historia de Angie Guevara)
Esta es una agresión que rara vez mata, y esa es otra razón por la que la buscan. Pretenden causar un dolor extremo -lo que, en efecto, causa el ácido- y generar consecuencias físicas que permanezcan en el tiempo. "Cuando alguien mata, el que mata es el que recuerda -dice Barreto-. En estos casos, el agresor busca que la víctima sea la que lo recuerde siempre".
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Gloria Piamba recibió una llamada de una expareja que le pedía que volvieran a estar juntos. Ella le dijo que no. Antes de irse, él le advirtió: "Si no eres para mí, no eres para nadie". Días después fue atacada por un desconocido. Ella llevó su caso a la justicia y es otro de los tantos que continúan en la impunidad.
"Puede que la víctima no sepa quién fue la persona que la atacó, que no haya visto más que la cara de un desconocido. Pero el agresor definitivamente sí tiene claro quién es ella", agrega la especialista. (Lea aquí: La peluquera que hoy tiene que pedir limosna. La historia de Consuelo Cañate)
Muchas callan por miedo, porque el victimario las sigue amenazando, porque son madres cabeza de familia y reciben llamadas en las que les dicen que si hablan les hacen lo mismo a sus hijas. Otras, incluso, tienen que seguir viviendo con la persona de quien recibieron el ataque. Lo cuenta la psicóloga Clara Ospina, que trabaja en la Fundación del Quemado y ha atendido en consulta a varias víctimas: siguen al lado de su agresor por miedo o porque es su única forma de sustento económico. "Lo que les hacen no es solo un ataque en la piel -afirma Ospina-. Es casi una muerte en vida. Y el agresor está ahí. En la mayoría de casos, ellas saben quién fue".
Las víctimas no solo callan por amenazas, sino porque sienten que el sistema judicial no las oye. Para empezar, no están de acuerdo con que a esto se le llame delito pasional, y los especialistas coinciden con ellas. "Esa palabra 'pasional' es un mito que extiende el ataque y provoca frases equivocadas como 'es que la quiere tanto, que mire lo que le hizo' ", explica Barreto. Es importante entender que se trata de un acto que no tiene ninguna justificación. Por eso es vital que haya castigo y que el responsable pague.
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Natalia Valencia, de 22 años, estudia Contaduría. En agosto del año pasado salió de su casa las 6:30 de la mañana. Mientras caminaba por una cancha de microfútbol de su barrio, un hombre en una bicicleta se le acercó y le lanzó ácido sulfúrico en el rostro.
"Las lesiones producidas fueron de tercer grado en cara, cuero cabelludo, pabellones auriculares, cuello, tórax anterior, posterior, brazos, antebrazos, manos. Natalia se encuentra estable, pero infortunadamente tendrá secuelas de por vida", fue uno de los partes médicos que emitió el Hospital Simón Bolívar.
Semanas después, la Policía capturó a Alexis Ramírez Romaña, el hombre que le arrojó el ácido. En medio de las investigaciones, las autoridades le encontraron conversaciones con una mujer con quien acordaba el ataque: Martha Inés Sandoval, que supuso que la estudiante mantenía una relación con su esposo. Entonces buscó a un limpiador de pisos, le pidió que le regalara un galón de la sustancia química que utiliza y luego le pagó a Ramírez 200.000 pesos para que se lo echara. Hoy ambos están detenidos.
"Ahí la mujer actuó con el mismo principio que el agresor: 'Esto me pertenece', 'debo defender mi honor'. Hoy ambos sexos están usando los mismos medios para la agresión", analiza Barreto. (Lea aquí: Volver a tener un rostro y una vida después de ser quemada. La historia de Gina Potes)
Además es frecuente, como en este caso, que quien piensa en realizar el ataque no sea el mismo que lo ejecute directamente. Eso le implicaría asumir su decisión. Por eso generalmente contratan a otro. "Y para quien se pregunte cómo va a pasar esto en Colombia, pues no es sino que lo analice como el reflejo de la violencia macro en lo micro -dice la especialista-. Es el resultado de ideas como tomarse la justicia por su cuenta".
Después del ataque, lo primero que la mujer debe entender es que no es la culpable, sino la víctima. En segunda instancia, reconocerse como sobreviviente. Recuperar el valor que tenía antes y eso, como dicen los expertos, no va lograrse con tres citas de psicología en el POS. Tiene que haber un compromiso del sistema de salud, que hasta el momento no es suficiente.
En la Fundación del Quemado, la doctora Ospina trabaja en reducirles el temor con el que quedan. "Ellas no tienen paz. Los agresores las torturan psicológicamente al decirles que, si se atreven a denunciar, vuelven a hacerlo".
Les cuesta elaborar el duelo porque la evidencia permanece ahí, frente al espejo, todos los días. "Cómo elaborar yo mi pérdida si ahí tengo el recuerdo de lo que me pasó", reflexiona Ospina. En los primeros meses es frecuente que busquen esconderse. Cerrar cortinas, no dejarse ver. Pero con el tiempo, y la respuesta que empiezan a ver con las cirugías, comienzan a recobrar confianza.
Sus hijos suelen ser los motores que las encienden de nuevo en la ruta. Y al final terminan por entender que lo que les pasó no tiene sentido, pero sí sus vidas.
María Paulina Ortiz
Con el aporte de Sergio Camacho Lannini

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